Durante años se nos ha enseñado que el peso lo es todo: que bajar kilos es sinónimo de salud. Sin embargo, esta idea simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. La pregunta clave es: ¿realmente ese número en la báscula refleja nuestro estado de salud?
En primer lugar, es importante entender qué representa el peso corporal. Este no está conformado únicamente por grasa, sino también por masa muscular, masa ósea, órganos, agua corporal y otros componentes. Por lo tanto, el peso por sí solo no es un indicador preciso de salud, ya que no distingue entre estos elementos ni refleja la calidad de la composición corporal.
En la práctica clínica, con frecuencia se sugiere a los pacientes alcanzar cierto peso como objetivo para “mejorar su salud”. No obstante, este enfoque puede ser limitado. En muchos casos, lo que realmente se busca es una mejora en la composición corporal, particularmente una disminución del porcentaje de grasa corporal cuando existe un exceso que pueda representar un riesgo. Aun así, es fundamental recordar que la grasa no es “mala” por sí misma: cumple funciones esenciales en el organismo, como la regulación hormonal, la protección de órganos y el mantenimiento de la temperatura corporal.
Otro aspecto relevante es la forma en que medimos el peso y otros parámetros corporales. Las básculas, aunque útiles, no son herramientas perfectas. Factores como el nivel de hidratación, la ingesta reciente de alimentos o incluso la hora del día pueden influir en la medición. Si bien existen métodos más precisos como la absorciometría dual de rayos X (DEXA), considerada un estándar de referencia, su costo y disponibilidad limitan su uso en la práctica cotidiana.
Por otro lado, la antropometría —que incluye mediciones como circunferencias corporales y pliegues cutáneos— también tiene limitaciones. Estas técnicas dependen en gran medida de la habilidad del profesional, la calibración del equipo y las condiciones en las que se realizan. Por ello, aunque son herramientas valiosas, deben interpretarse con cautela y siempre dentro de un contexto más amplio.
Además, centrarse exclusivamente en el peso puede desviar la atención de lo verdaderamente importante: los hábitos y el estilo de vida. La evidencia actual sugiere que factores como la alimentación, la actividad física, el descanso y la salud mental tienen un impacto mucho más significativo en el bienestar que el peso por sí solo. Incluso, personas con un peso fuera de los rangos considerados “normales” pueden presentar buenos indicadores de salud metabólica.
Finalmente, es necesario reconocer que las corporalidades son diversas. La forma y composición del cuerpo están influenciadas por factores genéticos, ambientales y culturales. Pretender que todas las personas encajen en un mismo estándar de peso no solo es poco realista, sino también potencialmente perjudicial.
En este sentido, más que enfocarnos en modificar un número en la báscula, el objetivo debería ser promover hábitos sostenibles que favorezcan la salud integral. Porque, al final, el peso no define la salud: la salud es el resultado de múltiples factores que van mucho más allá de lo que podemos medir en una báscula.
Referencias:
- National Geographic. ¿Y si conocer nuestro índice de masa corporal no sirve de nada?
- TecSalud. ¿Por qué el peso no es un indicador de salud?
- World Health Organization. Obesity and overweight (enfoque sobre limitaciones del IMC).
- National Institutes of Health. Body composition and health risk.


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